NARCOTRÁFICO
Así han ocupado el Pirineo los narcos de la marihuana más peligrosos de Europa
Las macroplantaciones afloran una industria criminal de temporada de sello albanés

Agents de la Guàrdia Civil porten els detinguts en una plantació a la Ribagorça. - MINISTERI DE L’INTERIOR
Los señores albaneses de la marihuana perdieron Lazarat, pero no el negocio al que se dedican. Su manual de operaciones ha sido replicado en Lleida y la Franja: pantanos, pinares, naves, luz pinchada y jardineros invisibles para convertir toda la provincia en una franquicia de su fábrica europea de hierba, tanto bajo techo como al aire libre.
“La capital europea de la hierba, el indómito pueblo sin ley de Lazarat, ha caído”, anunciaban las agencias de prensa el 20 de junio de 2014, tras una operación policial ordenada por el Gobierno de Edi Rama para arrancarle a los señores de la marihuana el control de una aldea del sur de Albania, encaramada sobre el valle de Gjirokastër, a un paso de Grecia.
Lazarat llevaba años como una factoría armada de cannabis. Durante cuatro días, las unidades especiales de intervención de la Policía albanesa avanzaron casa por casa entre humaredas de hierba, ráfagas de fusil, morteros y lanzagranadas.
Las crónicas de los reporteros enviados al sur de ese país balcánico describieron columnas grises sobre el valle, familias encerradas en viviendas como búnqueres, hombres armados resistiendo desde las laderas y agentes que no pretendían ya incautar una cosecha, sino recuperar manu militari un territorio. La operación tenía un objetivo político: demostrar que Tirana podía imponer su autoridad allí donde durante años habían mandado los fusiles y los clanes.
Aquella aldea de narcos cayó, pero el modelo de economía agraria de la hierba sobrevivió en lo esencial cuando el manual de los señores albaneses de la marihuana se aplicó casi a pies juntillas entre los barrancos, pantanos y bosques vacíos de Lleida y la Franja : campamentos ocultos durante meses bajo las copas de los pinos, balsas de riego excavadas en mitad del monte, mangueras tendidas desde ríos y embalses, generadores enterrados para amortiguar el ruido, secaderos improvisados, jardineros viviendo como soldados y una red criminal capaz de convertir la despoblación, el agua y la abrupta orografía en una enorme fábrica de porros, de las mayores de toda Europa.
La primera gran señal visible de que los albaneses se habían asentado ya en el Pirineo se detectó en julio de 2019 en Os de Balaguer. El Seprona de la Guardia Civil localizó 2.427 plantas en el margen derecho del embalse de Santa Anna, en una zona forestal ganada a la maleza. La escena presentaba ya todos los rasgos del método importado. Bombeaban el agua desde el pantano mediante un generador eléctrico. Solo fue detenido un albanés de 32 años.
Cuatro meses después, en noviembre de 2019, la Policía Nacional localizó 16.000 plantas (3.500 kilos de biomasa) en calveros abiertos en pinares de Agüero y Murillo de Gállego, en el Prepirineo oscense. También los detenidos estaban vinculados a un grupo de origen albanés. Aquello ya no era una finca escondida ni el clásico cultivo del fumeta del pueblo o el camello del tercero izquierda. Era Lazarat roto en piezas y replantado en el Prepirineo.
Y a partir de ese momento, las operaciones no cesaron. En julio de 2020, otra red albanesa trató de sacar adelante una cosecha en la raya de Lleida y Huesca. La operación Templón-Osbale conectó un cultivo exterior en un paraje boscoso del corredor del Noguera Ribagorzana con un edificio en Monzón y un chalé logístico en Lleida. Una vez más, hubo cuatro detenidos de origen albanés. Lleida y La Franja funcionaban como una misma pieza operativa en el tablero de los clanes de Lazarat.
En una zona escarpada junto al pantano de Camarasa, en la Noguera, los Mossos arruinaron en septiembre de 2020 otra cosecha de más de 1.800 kilos de marihuana. Hubo cinco detenidos albaneses. Otra vez pantano, bosque, pendiente, campamento y miles de plantas.
La cronología no prueba cuándo empezaron a plantar. Prueba cuándo empezaron a ser detectadas las primeras macroplantaciones. Entre la caída de Lazarat y aquellos golpes de 2019 y 2020 hubo una fase opaca de tanteo: búsqueda de laderas sin excursionistas, cazadores ni vecinos, medición de agua, exploración de accesos, contacto con intermediarios, reclutamiento de jardineros y colaboradores. Cuando la policía llegó, el sistema ya estaba armado. A partir de ahí, el mapa del outdoor se fragmentó.
En Lleida, los puntos calientes se concentran en la Noguera, el Alt Urgell y el Pallars -Coll de Nargó, Fígols i Alinyà, Soriguera, Tremp- y, sólo cuando el salto de escala lo justificaba, en la capa agrícola del llano. En Huesca, el corredor va de los pinares prepirenaicos del Gállego hasta el Sobrarbe y la Ribagorça. Las macroplantaciones de monte han seguido apareciendo, pero el negocio empieza a apoyarse desde hace unos años en otra pata, la de las plantaciones indoor o de interior: naves, pisos, sótanos, granjas, chalés, masías, almacenes y cultivos mixtos. El modelo no ha abandonado el Prepirineo: ha añadido una retaguardia bajo techo. David Mora, sargento de los Mossos, advertía hace ya tiempo de esa mutación cuando explicaba que la economía agraria de la hierba había empezado a convivir con una economía de kilovatios robados: menos campamento entre pinos, más nave industrial; menos manguera enterrada, más transformador sobrecargado; menos vigilancia aérea, más consumo anómalo de luz.
El cambio tenía una lógica policial y económica. En el monte, una macroplantación podía quedar expuesta por un cazador, un dron, un agente rural, una foto aérea o la detección de una balsa. En interior, las redes podían trocear el riesgo: almacenes más pequeños, ciclos más controlados, pérdidas asumibles y una reposición más rápida. En ese ecosistema híbrido se movía la mafia de la hierba que los Mossos golpearon hace un par de meses. La operación tuvo lugar en La Mariola, en abril de 2026, y vino a ser la versión urbana y local de una mutación que venía de lejos. No faltaba de nada: marihuana, armas, munición, dinero, fraude eléctrico, inmuebles y una presunta alianza entre narcos albaneses y clanes locales. La segunda parte de esta historia empieza ahí.