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La llegada en Orcières-Merlette.

La llegada en Orcières-Merlette.SEGRE

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El deporte ha vuelto, sí, pero de otra manera y a peor. Estadios vacíos, pabellones sin público, gradas sin espectadores, y con el Tour de Francia como ejemplo más palmario de lo que fue y ya no es, y no sabemos si lo será otra vez. Público restringido en la meta y algo más abundante al paso por las diferentes localidades, con y sin mascarilla –que de todo hay–, declaraciones a distancia con micros con preservativo incorporado y palos de selfie. Pero lo peor, lo que hace que todo chirríe es lo que pudimos ver ayer en la primera etapa de montaña de la carrera, la que acababa en Orcières-Merlette, la misma en la que en 1971 Luis Ocaña le sacó nada más y nada menos que ocho minutos al intocable Eddy Merckx. A lo largo de la ascensión, demasiado táctica por otra parte, echamos de menos a las caravanas estacionadas en la calzada; el público que se abalanzaba sobre los corredores, hasta parecía que iban a cortarles el paso; las banderas, y las carreras en paralelo con los ciclistas. Si antes nos parecía criticable, el martes nos hizo sentir nostalgia. Le llamamos ciclismo, pero ya no lo es.

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