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A los románticos, entre los que me incluyo, que aún consideran que el fútbol es un deporte en el que a veces se gana, se pierde o se empata sin más “culpables” que el acierto o desacierto propio y/o del adversario, nos duele ver cómo en los estadios se extiende, cada vez más, el odio hacia el rival, en general o personalizado en un jugador. Cánticos ofensivos, insultos, descalificaciones o, en ocasiones, agresiones. Da lo mismo si se trata de la Primera División o de la Cuarta Catalana. El delito es el mismo y las sanciones blandas cuando no inexistentes. El martes tuvimos el (pen) último ejemplo, en el España-Egipto jugado en Cornellà-El Prat. No es de recibo escuchar desde la grada lo de “bote, bote, musulmán el que no bote” (antes se había silbado el himno egipcio) sin que los energúmenos que lo entonaban tuviesen en cuenta, o a lo mejor sí, que con España milita Lamine Yamal, que también lo es. Esperemos que la sanción a la RFEF sea ejemplar y que no afecte a las posibles sedes para el Mundial del 2030, para las que se postulan tanto el campo españolista como el del FC Barcelona.

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