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Liderar sin perder la esencia

(*) Consultora, auditora y divulgadora del liderazgo y talento organizacional y CEO de TalensIA HR & Ingenio, Leadership school

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Si tuviera que definir mi estilo de liderazgo, diría que nace de una convicción sencilla: la vida es demasiado corta como para no enfocarnos en lo que de verdad importa. Y lo que importa, al final, siempre tiene nombre de persona: nuestros equipos, nuestros clientes y compañeros y nosotros mismos.

Liderar, para mí, no va de ocupar un cargo ni acumular atribuciones, sino de cuidar el contexto para que el talento pueda aplicarse. Eso significa crear entornos donde la gente se atreva a pensar, a cuestionar, a proponer y a aprender sin miedo. No creo en el liderazgo que controla por desconfianza, sino en el que exige confiando, acompañando de manera cercana, pero sin invadir.

La coherencia es la piedra filosofal. No puedo pedir compromiso si no vivo comprometida; no puedo hablar de responsabilidad si la primera que se escabulle ante la dificultad soy yo; no puedo hablar de valores si estoy dispuesta a cambiarlos cuando la presión aprieta. El liderazgo se juega, cada día, en los pequeños gestos, no en los grandes discursos.

A partir de ahí, otro de mis puntales es la capacidad de superación. El mundo cambia, los mercados cambian, los cuerpos cambian, las circunstancias también. No siempre elegimos lo que nos pasa, pero sí cómo lo miramos y qué hacemos con ello. Creo en un liderazgo que es capaz de releer la propia historia, desaprender esquemas que ya no sirven y reaprender formas nuevas de avanzar, sin perder la esencia. Adaptarse no es renunciar a quién eres; es encontrar maneras nuevas de seguir siendo tú en un contexto distinto.

También defiendo la importancia de respirar otras culturas y otros países. Viajar, trabajar en entornos diversos, escuchar miradas distintas a la propia, relativiza egos y certezas. Te obliga a salir de la zona de confort mental y a descubrir que hay muchas maneras válidas de hacer las cosas. Ese contraste te enseña humildad y, al mismo tiempo, refuerza aquello que sí quieres conservar de ti misma. Un liderazgo que no ha salido de su burbuja suele confundir costumbre con verdad.

Hay algo fundamental: no perder la propia esencia. La presión por encajar, por agradar o por cumplir expectativas externas puede disolver lo mejor que tenemos. Liderar, para mí, es recordar continuamente para qué hago lo que hago, qué no estoy dispuesta a negociar y qué tipo de impronta quiero dejar en las personas que confían en mí. Cuando tienes claro esto, es más fácil tomar decisiones difíciles sin confundirte.

Creo profundamente en las personas. No de forma ingenua, sino como elección consciente. He visto demasiado talento escondido por miedo, demasiadas voces silenciadas por estructuras rígidas, demasiada creatividad frenada por liderazgos que solo piensan en control. Yo apuesto por un liderazgo que ve el potencial antes que el defecto, que acompaña en el proceso y que entiende que equivocarse es condición necesaria para aprender, crecer y desarrollarse.

Salir de la zona de confort no es un eslogan: es una práctica. Implica asumir retos que hacen respeto, cambiar maneras de trabajar, escuchar feedback incómodo, mirarse al espejo y aceptar que siempre hay un siguiente nivel de madurez. El liderazgo que quiero ejercer –e inspirar– es aquel que se mueve en esta frontera: lo suficientemente arraigado para no perderse, lo suficientemente abierto para seguir aprendiendo y transformándose.

En definitiva, mi estilo de liderazgo intenta unir coherencia, profundidad, superación y confianza en las personas. No es perfecto ni está acabado; es un camino en construcción. Pero hay una cosa que tengo muy clara: si en el trayecto perdemos nuestra esencia o dejamos de creer en el potencial humano, habremos dejado de liderar, aunque sigamos ocupando un despacho con nuestro nombre en la puerta.

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