Liderazgo global
(*) Divulgadora y consultora para el desarrollo del Liderazgo organizacional Y CEO de TalensIA HR & Ingenio, Leadership school
Qué haríamos nosotros en su lugar?
Este verano, buceando en la Isla de Sal, en Cabo Verde, volví a encontrarme con una pregunta que me acompaña desde hace años: ¿qué haríamos nosotros si, en lugar de vivir en un entorno seguro, hubiéramos nacido en uno donde la supervivencia marca el día a día?
En Santa María, un lugar de belleza deslumbrante, muchos duermen en barcas de madera, comen lo que pueden o viven del turismo. Sus ingresos son mínimos, pero sus sonrisas, constantes. Sin embargo, en un festival de música, me robaron la cartera. Sin tarjetas, dinero ni documentos, sentí una mezcla de frustración y vulnerabilidad. En comisaría, no pudieron ayudarme. Al día siguiente, en el departamento de atención al turista, lograron tramitar la denuncia, aunque fue validada días después de mi regreso.
Un agente me dijo: “Aquí hay miseria, hambruna, y eso hace que aflore lo peor de las personas.” Y entendí: no es maldad, es supervivencia.
Lo entendí aún más en otra etapa de mi vida, cuando fui contratada por una escuela de negocios argentina para impartir liderazgo en un MBA en once países de Latinoamérica. Viajé sola. En Colombia, una noche sentí que alguien intentaba entrar a mi habitación. En recepción, no recibí apoyo. En otros países –Honduras, Nicaragua, Guatemala, El Salvador, Ecuador– vi vigilantes armados, amenazas latentes por simplemente coger un taxi. Me veían como gringa, como alguien con éxito. Y en ese contraste tan profundo, comprendí que, en algunos lugares, la vida no vale nada. Que el instinto de sobrevivir supera cualquier código moral aprendido.
Pero fui valiente y me atreví a vivir la otra cara: en Quito (Ecuador), me subí a un bus turístico y recorrí sus calles y visité algunos de sus monumentos hasta llegar al Panecillo (Patrimonio Cultural de la Humanidad), una montaña a 3.000 metros sobre el mar, mirador natural desde el que se observa toda la ciudad, donde se dan cita sus familias para pasear y disfrutar de un paisaje espectacular.
En República Dominicana alquilé un coche y recorrí su costa, en busca de un centro de buceo para no perder la oportunidad de bucear en pleno Caribe. Allí pude disfrutar de mi pasión: el buceo, y encontré belleza, simpatía y humanidad en medio de lo incierto. Mi primera parada: la playa de Boca Chica, dividida en zona pública y zonas privadas de grandes hoteles. En la pública la gente sonreía, iban en grupos, comían, disfrutaban, e incluso pude comer en un restaurante, en primera línea de mar, por apenas tres euros.
Algo me quedó grabado: el liderazgo no se construye solo con teoría, sino caminando entre la gente, relacionándote, entendiendo la multiculturalidad, con respeto, sobre todo entre realidades a veces dolorosas que te aleccionan.
Como líder, y como formadora de líderes, creo firmemente que nuestro trabajo no puede ser ajeno a estas vivencias. Que liderar no es solo gestionar, sino comprender. Que no hay competencia sin conciencia. Y que no se puede hablar de ética o empatía sin mirar de frente a quienes simplemente intentan sobrevivir.
No se trata de justificar lo injusto. Se trata de no juzgar sin contexto. Y de asumir que construir una sociedad más justa empieza por liderar con humanidad. Porque los buenos líderes no solo transforman organizaciones: transforman realidades.
Mis deseos para liderar en 2026: visión, humanismo y valentía para impulsar ese cambio.