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Pensar en el pasado no significa vivir anclados en la nostalgia ni idealizar tiempos que ya no volverán. Significa, más bien, comprender nuestras raíces, reconocer los esfuerzos colectivos y valorar el camino recorrido. Cada ciudad, como Lleida, guarda en sus calles una memoria silenciosa. En sus plazas resuenan las voces de generaciones que trabajaron, soñaron y afrontaron dificultades con esperanza. Recordar ese legado no es un ejercicio melancólico, sino un acto de gratitud y aprendizaje. El pasado nos enseña que los logros actuales no surgieron de la nada, sino del compromiso y la constancia de quienes nos precedieron. En un mundo dominado por la inmediatez y la prisa, pensar en el pasado es casi un gesto de resistencia. Nos permite reflexionar sobre los errores cometidos para no repetirlos y fortalecer aquello que nos ha unido como comunidad. Solo desde esa conciencia histórica podemos construir un futuro sólido, sin perder nuestra identidad.

El pasado no es una carga, sino un cimiento. Nos ofrece perspectiva y nos recuerda que cada presente fue, en su día, un futuro incierto para alguien. Tal vez por eso conviene mantener viva la memoria, no para quedarnos en ella, sino para avanzar con mayor claridad.

Pensamos en el pasado

Y para terminar, como escribió Søren Kierkegaard (gran filósofo danés): “La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante.”

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