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Verás, recuerdo que estando trabajando, un señor sacó, reverencialmente, de su cartera un papel viejo que contenía unas torpes letras escritas y me dijo: “Nunca conocí a mi madre. De ella solo conservo su firma.” Lo ves: ya quisiera yo conservar hoy tus cartas escritas de tu puño y letra.

Te dije que yo tampoco tenía buena relación con las palabras pero que lo importante era la comunicación. Por eso no comprendía a la gente que utiliza el instrumento de la comunicación para no verse. Te dije que prefería tener noticias tuyas a pesar de tus incorrecciones porque eso significaba que te acordabas de mí. Que reservabas un espacio ese día para escribirme y con eso estabas superando barreras. Que delante de mí no te importaba desnudarte de prejuicios porque sabías que el hecho de recibir tu carta me iba a alegrar el día.

Por favor, hermano, no permitas que tu mala letra nos distancie más que los kilómetros que nos separan. Sabes, a menudo te imagino plegando la hoja con cuidado de forma que quepa en el sobre; te veo pegando el sello en su sitio después de mojarlo, y una vez escribiste mi dirección en el sobre, tomándote la molestia de salir a la calle para echar la carta en el buzón y eso me da alegría.

No hermano, te dije, no dejes de escribirme porque tus cartas son para mí como una ráfaga de aire fresco en mi cara…

El rostro de las palabras

Los efectos de esta desnutrición se transmiten de padres a hijos, causando graves problemas en los niños. Por ello, los alimentos cultivados sin glifosato son ya un seguro familiar y un reto agrícola y de mercado.

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