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Una pregunta difícil de sintetizar: ¿Cómo se expresan los niños ante momentos sensibles en que la vida los supera? Sentir interiormente la ausencia de lo que ya no está, y la forma en que muestran su rebeldía ante la impotencia que les genera, descubriendo sus propios monstruos, inventándolos como signo de obstinación y de un estado anímico.

Sketch. Cuidado con lo que dibujas no es una película de terror al uso. No hay ni muertes violentas, ni sangre, ni tan siquiera temor tangible, pero sí existe maldad en las criaturas creadas con lápices de colores por una niña que cambió el estilo alegre de aquellos inocentes dibujos dedicados a su padre, en los que todo era ingenuo, por otros feos, grotescos y con malas intenciones en una metamorfosis que nació del desconsuelo y el vacío que le generó. La película tiene su lado original al desmarcarse de la típica historia infantil de sustos y tópicos vistos en numerosas ocasiones -a decir verdad, en demasiadas-, y muestra una explosión de colores en los seres que cobran vida cuando un misterioso lugar les da la posibilidad de saltar del papel para campar a sus anchas por la zona creando el caos.

El director y guionista Seth Worley se estrena tras las cámaras ideando un pulso entre esas criaturas grotescas y tres niños que no dudarán en combatirlas, alternando la relación entre un padre y sus dos hijos y la ternura que se necesita para hacer frente a la ausencia de un ser querido.

Un padre, por cierto, que siempre fastidia a su hermana con sus apresuradas apariciones cuando esta intenta vender la casa, unos golpes de humor leve para contrarrestar el drama interior.

Hay que convenir que Sketch. Cuidado con lo que dibujas es entretenida e imaginativa, pero va dejando espacios que no quedan bien resueltos, como por ejemplo esas aguas supuestamente encantadas o no se sabe qué, propiciando que bocetos simples e infantiles se conviertan en potenciales amenazas.

Con respecto a situaciones que alteran la vida infantil, uno recuerda una magnífica película que expuso brillantemente esos conflictos emocionales que llevan imaginariamente a un niño a lugares imprevisibles. Me refiero a Donde viven los monstruos, de 2009, firmada por Spike Jonze, adaptando un cuento de Maurice Sendak de apenas una docena de páginas.

La historia que hoy nos ocupa es mucho más liviana, más edulcorada, sin complejas dobleces y con cierto encanto al ver esos raros dibujos creados por una mano infantil intentando causar el pánico y el cómo contrarrestarlos.

Eso es lo que hace de esta película algo diferente, singular.

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