La naturaleza del monstruo
No existe otro director que ame más a los monstruos que Guillermo del Toro, dotándoles de cierta conmiseración, envolviéndolos en un halo romántico y trágico. Por ello, la figura de ese moderno Prometeo creado por Víctor Frankenstein y salido de las páginas escritas por Mary Shelley, en sus manos adquiere una dimensión épica, una historia gótica llevada al extremo de la capacidad de tornar en imágenes lo que solamente se podría concebir como una maravilla salida de una mente brillante como, sin duda es, la de este cineasta, trabajada desde Cronos a El laberinto del fauno, de La forma del agua, La cumbre escarlata o El callejón de las almas perdidas. Todo en esta revisión de Frankenstein es de una imaginería y una creatividad sin límite. Visualmente es desbordante desde sus primeras escenas, con ese barco varado en el hielo a mediados del 1800, y esa llegada abrupta y violenta de un ser torturado que clama venganza y emocionalmente devastado por no poder morir, por estar destinado al infortunio de la soledad.
Y ¿quién es el monstruo en realidad en esta revisión del clásico literario? Esa criatura reconstruida con carne muerta y que a su pesar resulta maldita y que todo lo que la rodea tiene el aliento de la desgracia, o ese ser obsesivo, Víctor Frankenstein, soberbio y demencial, herido en su arrepentimiento, que arrastra traumas infantiles y una obcecación en ser el científico que de retazos y trozos de lo que antes fueron hombres pueda otorgar vida, una vida oscura y errática como la de ese monstruo que se alimenta de resarcimiento, de un buscado perdón por parte de su creador que lo ha condenado para siempre.
Del Toro, con un guion equilibrado, otorgando delicadeza incluso en los momentos donde carne y músculos son surcados con bisturí, donde la ternura y el romanticismo envuelven la pesadilla, construye un universo propio entre la violencia desgarradora y el romance imposible. Donde no se esconde la ternura hacia la indefensión de esa criatura legada al mundo de los vivos desde el de los muertos, donde, ante el egoísmo y cinismo del tratante de armas Harlander, muestra a otros seres compasivos como el anciano ciego de la granja que lo instruye o esa dulce Elizabeth que lo abraza.
Frankenstein
Frankenstein, con escenas imponentes como la de la búsqueda de cadáveres tras la batalla, la torre monumental donde se experimenta y la inmensidad de las tierras heladas, junto a la perfecta y detallada ambientación, confirman a Guillermo del Toro –por si cabía alguna duda– como un maestro, un visionario, un cineasta con mayúsculas.