Las raíces del mal
Comparar dos películas que sobre el papel tocan el mismo tema como Núremberg y la extraordinaria Vencedores o vencidos (1961) de Stanley Kramer, no tiene sentido porque el desarrollo de ambas es otro ya que, mientras que en la película de 1961 asoma la sombra de la guerra fría, la reconstrucción de un país en ruinas y las dudas y opiniones del Magistrado jefe Dan Haywood -interpretado con veracidad por un veterano Spencer Tracy- marcando la trama y los terribles testimonios sobre el horror que desfilan por la sala trazando una mirada a la inmoralidad de los hechos, Núremberg no se centra en el juicio en sí sino que, tomando como referencia el libro del periodista Jack El-Hai El nazi y el psiquiatra, lo hace en la estrecha relación entre el psiquiatra militar Douglas Kelley (Rami Malek) y el nazi Hermann Göring, cuando a Kelley se le encomendó estudiar las personalidades y características psíquicas de cada preso alemán, en especial de Göring, inteligente, manipulador y ególatra, papel interpretado por un Russell Crowe inmenso, que mira a la cámara y se la come como se come a todos los que se le ponen por delante, incluido a Robert H. Jackson (Michael Shannon), fiscal estadounidense.
Un Göring que ya había construido desde prisión sus endemoniadas trampas como una tela de araña tejida por aquel Reichsmarschall llamado a reemplazar a Adolf Hitler en un Tercer Reich que había de durar mil años.
Todo aquí posee un sólido empaque, una buena ambientación, y nos habla de derrotas tanto de los acusados como del alma de quien estuvo cerca de ellos. Núremberg es una inmersión al interior de un nazi convencido, a su ingenio y a su particular modo de entender lo trágico, a su fidelidad a Hitler que, a la postre, sería su talón de Aquiles. Un hombre que llegó a establecer una cautelosa amistad con su psiquiatra pese a que los objetivos de ambos eran radicalmente opuestos.
Núremberg
James Vanderbilt, guionista de Zodiac de David Fincher, utiliza como recurso el juicio, las condenas, las imágenes de los campos de exterminio liberados, y el triste final de un psiquiatra que estuvo tan cerca de la maldad que lo destrozó anímicamente. Esta es una historia de aquellos que instauraron las peores armas posibles, la de mentira y la de crear odio, algo que en nuestra ignorancia se nos devuelve hoy en día, dejando claro que no se ha aprendido nada porque se utiliza la banalidad del mal, como decía Hannah Arendt, como herramienta, ese mal normalizado que tanto temía Stefan Zweig y que retorna con perversas ideas de un modo tan peligroso.