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Cuando algunos señalan que ya se han filmado demasiadas películas sobre la Guerra Civil y la posguerra, otros pensamos que todo lo contrario, porque más allá de las batallas, los bombardeos indiscriminados, de la miseria y del hambre y de las miles de fosas comunes a ambos lados de las carreteras, en zanjas y pueblos, también existen actos anónimos en lo más profundo del paisaje rural, de esos de los que ni se habla ni se quieren recordar porque la historia la suele escribir quien gana las malditas guerras.

Judith Colell, una directora con mucho oficio, responsable junto a Jordi Cadena de aquella magnífica película que queda en la memoria como fue Elisa K (2010), nos traslada ahora a 1943, tiempo de privaciones y en plena Segunda Guerra Mundial, a una pequeña población del Pallars cuando los judíos intentaban lastimosamente escapar de la Francia ocupada por los nazis a través de los Pirineos.

El paso por la frontera era del todo inestable. Respondía a esa falsa moral franquista que ponía trabas y retenía en la mayoría de ocasiones a los judíos para que fuesen apresados por los alemanes. Por ello, muchos de ellos eran pasados a través de los bosques. Eran sombras que atemorizadas se escondían huyendo de un mundo oscuro que los perseguía implacablemente.

Frontera se centra en unos pocos personajes que toman trascendencia con sus acciones. Un funcionario con alma republicana y con su propio trauma a cuestas que decide ayudar en ese éxodo rodeado de peligros; un alcalde miserable, adulador y oscuro que resulta toda una amenaza para aquellos que demandan refugio; un capitán de la Guardia Civil estraperlista y al mando, ambiguo, formando dos caras de la misma moneda (extraordinario Asier Etxeandia); un oficial nazi que es eso, un nazi con su cruel ideario operativo, y dos mujeres que representan la fuerza, la resistencia sobre lo inmoral, sobre una injusticia flagrante. Por cierto, Frontera ofrece la ocasión para ver a nuestro actor trempolí Eduard Muntada.

Minuciosa en su ambientación, con un guion bien hilvanado y trabajado por Miguel Ibáñez Monroy y Gerard Giménez, Frontera descansa en el dramatismo de un tiempo gris donde el temor queda estancado en las miradas, en un día a día difícil de soportar, y ese realismo le otorga a la película un grado de estudio de la condición humana, esa valentía que sale de las vísceras, la capacidad del hombre en sus grados de maldad, lo despreciable y mezquino, o la compasión por el otro.

FRONTERA

Todo mostrado con solvencia, con una formalidad de cine necesario ahora que la ignorancia pisotea orgullosamente a la razón.

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