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El realizador Fernando León de Aranoa se adelantó 20 años a Rental Family con Familia, película que nos presentaba a un hombre (Juan Luis Galiardo) que celebraba su cumpleaños rodeado de familiares, y donde se descubría muy pronto que toda esa gente no eran otra cosa que actores contratados por él mismo para no sentirse solo ese día. Un hecho que conllevaba malentendidos, decepción y no poca mala uva porque la sustitución o manipulación es algo que elude la sinceridad para dejar al descubierto vacías emociones y sentimientos huecos.

Rental Family no es ni de lejos tan dramática ni lo pretende. Por lo contrario, suaviza y en buena parte justifica el porqué y para qué sirve una empresa que se dedica a llenar las partes afectivas que sus clientes demandan. Pueden organizar un entorno ficticio en un entierro para que el supuesto finado vea lo mucho que lo querían, o que un marido infiel se justifique ante su esposa y la culpa recaiga en la “amante”, y así con todo en un Japón mostrado con ingenuidad y donde el alquiler de personas para fines “humanitarios”, de esos que sirven para contentar al cliente a través de la mentira, es algo piadoso y sin malicia.

Aquí, el centro por el que discurre la historia es un actor norteamericano –un Brendan Fraser que, todo hay que decirlo, está realmente bien en su rol de buen hombre con cara lastimosa–, que vive en Tokio desde hace siete años esperando su gran oportunidad, una oportunidad que hasta el momento no pasa de ser protagonista de anuncios y poco más. Es contratado por esa agencia de alquiler, entrando de lleno en un juego de personalidades diversas y en casos que irán minando su moralidad, como hacerse pasar por el padre de una niña, como un periodista interesado en un viejo actor ya olvidado, o en marido circunstancial para que una joven se libere del talante estricto de su familia.

Rental Family (Familia de alquiler)

Hikari construye una película serena y hermosa en su conjunto. Elude el dramatismo y lo convierte en calidez humana, en comprensión y buenas intenciones, incluso en momentos en que algunas escenas caminan sin remisión a lo previsible y a su lado más sensible. Algo que se perdona porque lo que se advierte gusta, y enternece observar cómo su protagonista va más allá de lo que se le encomienda saltándose las reglas para convertirse en más persona que simulador. Todo aquí es un viaje hacia el interior en un país donde lo estéticamente bello es parte de la historia, una historia de apego sentimental, de recuerdos recuperados y que muestra cómo hasta los que acompañan a otros, muchas veces, también están solos.

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