La mala reputación
Corre el año 1815 en una Francia hambrienta, desconfiada y perversa. Un hombre robusto transita pesadamente por los caminos hasta llegar a una localidad donde, por su condición de expresidiario, recibe el rechazo de todos, como un apestado a quien nadie ayudará. Su nombre es Jean Valjean, un individuo al que las circunstancias hicieron malo. Valjean fue apresado y condenado a trabajos forzados por robar una hogaza de pan para alimentar a su hermana y a los cinco hijos de esta y llevado a una infernal cantera de la que intentó escapar en diversas ocasiones. Allí conoció el dolor, la miseria humana, la brutalidad, y lo endureció de tal modo que nada haría mella en él, un ser rocoso que durante 19 años vivió entre la atrocidad y la desesperanza.
Un ser maldito hasta que un obispo de nombre Myriel, un hombre bueno que cambió su lujosa vida por otra mucho más austera para ayudar a los pobres, le dio cobijo y cama, y lo sentó en la mesa que el clérigo compartía con su hermana y una asistenta. Tan solo unos cubiertos de plata llamaron la atención de Jean Valjean, convertido en un sujeto rudo y feroz, grosero y tosco, en un momento que será crucial en su vida. Esta es sin duda una historia extraordinaria, y lo expuesto es una parte que casi siempre se ha obviado o abreviado en las muchas versiones que se han hecho de una obra literaria universal como Los miserables, de Victor Hugo, tan popular en películas y musicales, en la que aparecen personajes inolvidables como Cosette, Fantine o el pérfido Javert. Pero el realizador Éric Besnard se centra tan solo en la primera parte de la novela. Profundiza en el alma de alguien que odia y guarda un enorme rencor hacia una sociedad que hizo de un inocente un ser peligroso y malvado. Con una ambientación sobria, detallista, austera y muy cuidada en cada detalle, Jean Valjean (en el original) nos conduce hacia un intenso conocimiento del personaje, que interpreta con un físico contundente Grégory Gadebois, en la piel de alguien que puede mostrar lo mejor y lo peor del ser humano porque conoce la indigencia de los otros, de los niños sin pan, de las mujeres que llegarían a vender sus dientes por algo de comida, ya que, como se señala en esta historia, “los pobres no son felices”, y no lo son por la inmoralidad de los que los convierten en miserables.
Los miserables. El origen
Victor Hugo hizo de la mala reputación de un hombre un héroe, capaz de darle un vuelco a su vida para ser determinante e inmortal, o como decía Georges Brassens en su canción La mala reputación, “todos, todos me miran mal salvo los ciegos, es natural”. Cosas de la vida.