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Esta singular historia basada en hechos reales nos muestra la vida de la líder espiritual de los llamados Shakers (agitadores), una secta religiosa que mostraba su fe a través de bailes, saltos, convulsiones y canciones, propiciando la obra de la llamada por sus seguidores Madre Ann, una Ann Lee (1736-1784) considerada la encarnación de Jesucristo en su segunda llegada con forma de mujer. Y en ese éxtasis colectivo se propicia un poderoso musical con coreografías y canciones que al parecer aún perduran en el tiempo.

Pero El testamento de Ann Lee va más allá. Habla de la represión, del hecho de ser mujer en una época imposible para ellas, del sufrimiento de alguien que se enfrentó a la iglesia anglicana con rígidos postulados y que pagó con cárcel y maltrato sus peculiares ideas. Con una ambientación admirable, la película narra la infancia y sufrido matrimonio de Ann Lee, perteneciente a una familia pobre que trabajaba en una fábrica de algodón en el Manchester industrial, para posteriormente casarse con un herrero que la humilló sexualmente y que le hizo cuatro hijos que murieron antes de cumplir un año de vida. Una mujer que acabó embarcándose para llegar a América con un puñado de seguidores.

Estamos ante un trabajo fílmico que tal y como sucedió con El brutalista, película dirigida por Brady Corbet y con Mona Fastvold en el guion -pareja en la vida real que ahora se han intercambiado los papeles-, gustará a unos y decepcionará a otros en igual medida, y que como aquella, mantiene un estilo realista retratando la violencia, ya sea dialectalmente en directa oposición hacia seres alejados de cualquier religión que no sea la propia, ya sea en forma de abuso dentro de una severa sociedad patriarcal.

El testamento de Ann Lee posee espectaculares escenas como la de la tormenta durante la travesía marítima, o el feroz ataque que padece la congregación, marcando el pulso de una película infrecuente. Resulta de igual modo interesante acercarse a las ideas y consignas de una sociedad religiosa con tres conceptos básicos: Que dios es hombre y mujer, que el matrimonio debía de ser abolido erradicando el sexo, y que todo pertenecía a todos, fruto del trabajo colectivo.

Extraordinaria la labor actoral de Amanda Seyfried en una película rodada en 70 milímetros donde la fotografía todo lo abarca, y que a su vez resulta una introspección en torno al comportamiento humano, a la capacidad de ser diferente, algo que hasta los más contrarios a esa idea deberían considerar porque para otros, tal vez el diferente seas tú.

Por cierto, algo muy respetable también.

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