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Resulta harto difícil otorgarle una calificación a una película de Steven Spielberg, y ahora no vamos a descubrir a este cineasta con mayúsculas al que debemos muchas horas hipnotizados con buena parte de su filmografía, desde aquel El diablo sobre ruedas, con un implacable camionero asesino haciéndole la vida imposible al pobre Dennis Weaver; continuando con Tiburón o el acojono marino en su máxima expresión; la aventura por la aventura con las entregas del incombustible Indiana Jones; la demoledora La lista de Schindler; la trepidante historia bélica de Salvar al soldado Ryan; o el amor al cine que destilaba Los Fabelman, que con la presencia de David Lynch encarnando a John Ford ya valía por toda la película. Pero Spielberg le tiene un amor incondicional al extraterrestre bueno, alejado del alienígena destructor, un afecto que ya demostró con la tierna E.T. y con Encuentros en la tercera fase, que incluyó en el reparto al gran cineasta François Truffaut.

El día de la revelación

Ahora, un otoñal Spielberg retoma con El día de la revelación ese toque de humanidad tan distintivo en él y propone desclasificar material muy reservado sobre seres de otras galaxias que se han pasado por aquí y, de paso, lo mal que los hemos tratado desde la potestad gubernamental. No hay que dudar que esta es una película de Spielberg; tiene a sus habituales colaboradores como el guionista David Koepp, la música de John Williams y la fotografía de Janusz Kaminski, verdaderos monstruos del cine. De ahí que existan momentos de una calidad extrema, con buen ritmo pero que, pese a todo, en algún momento desvaría en sus más de dos horas y media de metraje y que la palabra original no sea la más adecuada para ese día en que todo se revelará aún a costa de fastidiar al poder encarnado por unos malos enfurecidos, que persiguen continuamente a dos personas que son las elegidas –el contacto entre humanos y extraterrestres–. El día de la revelación posee no pocas persecuciones, a los protagonistas casi les arrolla un tren y, junto con sus respectivas parejas y cómplices rebeldes, todo se convierte en un no vivir, porque los personajes interpretados por Emily Blunt y Josh O’Connor ya desde niños fueron destinados a entender a seres interestelares que bajo la mirada de Spielberg siempre han sido pacíficos e incomprendidos. Hay cierto desorden, pero también el mensaje de que a las puertas de destruirnos nosotros mismos haya una luz de entendimiento con aquellos que tienen la clave y la suficiente ternura para lograr que no nos muramos de un susto cuando sepamos la verdad, la de que no estamos solos. Eso Spielberg lo tiene más que claro.

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