Brillante
El concierto acústico de Ricardo Lezón, líder de la popular banda vasca McEnroe, se presentó como una experiencia íntima que dialogó con la esencia de su último trabajo, La vida libre, una colección de canciones introspectivas y reveladoras de su carácter y ansias artísticas. En este formato desnudo, de voz y guitarra ‘a pelo’ como eje, la música se acerca a su estado más puro; ese instante en el que una canción recién nacida parece poco más que una confidencia. Desde comienzos de los años 2000, McEnroe ha venido a consolidarse como una referencia singular dentro de la música alternativa española, construyendo una discografía marcada por la sensibilidad poética y una melancolía luminosa. Nacidos en Getxo, han desarrollado un sonido que combina pop atmosférico, folk y ecos del slowcore, aquel subgénero del rock alternativo surgido a finales de los 80, caracterizado por ritmos medios o muy lentos, arreglos minimalistas, ambiente melancólico y letras (casi) depresivas. Lezón ha sido y es el principal compositor y narrador de ese universo, aunque podemos encontrar otros practicantes del género, como nuestro Hoven (Pol Joven Lorente) desaparecido en combate musical hace algún tiempo. Con La vida libre, su trayecto musical y proyectos diversos de dos décadas alcanzan una madurez serena, con composiciones que reflejan cambios personales y una mirada más contemplativa, en la que naturaleza, espiritualidad y memoria se funden en canciones de fondo interior. Como vimos en directo, Lezón cultivó una interpretación orgánica, sobria, casi confesional. Su voz, frágil pero firme, se movió entre el susurro y la emoción contenida, mientras la guitarra sostenía melodías de aire folk y cadencias lentas, con los temas funcionando como pequeños relatos sentimentales y donde lo cotidiano adquirió una dimensión universal: encuentros, pérdidas, paisajes íntimos, instantes volátiles... Sin duda, su escritura musical y literaria lo emparenta con aquella tradición del cantautor sensible anglosajón de décadas atrás, pues se le perciben –a mí, al menos me lo parece– rasgos e influencias de nombres como el primerísimo Paul Simon acústico, Nick Drake, Bill Callahan o Jason Molina, artistas que comparten muy bien estética minimalista y profunda relación entre música y poesía. En un concierto acústico como este, la sala es casi un instrumento más y un lugar como el Espai Orfeó, con su acústica cálida y agradable, favoreció enormemente una experiencia como esta, que trascendió el simple recital. La proximidad física y sonora permitió que cada respiración, cada vibración de la cuerda, llegara intacta al público y en ese silencio atento se produjo algo raro de ver y escuchar en los grandes escenarios y conciertos: una comunidad efímera e irrepetible. Sería como si el músico dejase de interpretar para muchos y empezase a cantar casi para cada persona asistente del público, asemejando una clase particular. Las canciones de Lezón, hechas de pequeñas emociones y de una melancolía que reconforta, encuentran en este tipo de espacios su territorio natural y quizás más brillante. Allí, entre la penumbra y resonancias de madera, se creó un momento suspendido e intangible: con el público escuchando como si leyera un poema y el artista cantando como si lo estuviera escribiendo en ese instante. El resultado, una sensación difícil de describir, con la música dejando de ser espectáculo para convertirse en conversación íntima, una especie de magia silenciosa en la que artista y oyentes compartimos durante una hora larga idéntico sentimiento. Brillante.