Flipantes
En la cálida intimidad del Cafè del Teatre y dentro de la programación del MUD 2026, el dúo L’Arannà ofreció uno de esos conciertos que trascienden el mero hecho musical para convertirse en una experiencia estética difícil de olvidar. En el corazón de Lleida, ante un público mayoritariamente atento y entregado, el proyecto formado por Lara Magrinyà y Anna Sala desplegó con Turamí, su más reciente propuesta, un universo sonoro que, pese a su aparente fragilidad, posee una intensidad emocional absolutamente desarmante. Su trayectoria es todavía breve si se mide en años, pero sorprendentemente sólida en cuanto a personalidad artística y reconocimiento y con un primer álbum, La Salamandra, basado en relatos de Mercè Rodoreda, extraordinario. Así, desde sus primeros pasos, han ido construyendo un lenguaje propio en el que conviven con naturalidad la raíz mediterránea, la canción de autor, la electrónica sutil y una sensibilidad literaria poco común por estos pagos. Su mezcolanza, lejos de resultar artificiosa, se manifiesta como una alquimia mística, perfectamente equilibrada, en la que tradición y modernidad dialogan sin conflicto. Sobre el escenario, esa singularidad con sus artificios de luz y atrezzos varios, se transforma en algo casi hipnótico, alienante... Las voces, delicadas pero firmes y magníficamente empastadas, cuando es menester y como si de una sola se tratase– se entrelazan con paisajes sonoros minimalistas, texturas electrónicas y pulsaciones rítmicas que aparecen y desaparecen como oleajes. Cada canción parece abrir una pequeña puerta a un mundo interior, a una emoción compartida que crece lentamente hasta envolver al oyente y derrotarlo. Lo verdaderamente extraordinario es la capacidad del dúo para provocar una atención reverencial en la sala y, acto seguido, una explosión desatada de entusiasmo, porque en su propuesta se asienta una belleza intensa y serena capaz de dejar al espectador boquiabierto y con la sensación de haber presenciado algo muy especial, en una palabra, algo del todo flipante. El espectáculo fue también una demostración de madurez artística. Pese a la aparente sencillez del formato, cada detalle está medido con precisión: la interpretación vocal, la construcción de las atmósferas, la teatralidad buscada, la dinámica emocional del repertorio... L’Arannà no pretende el impacto inmediato ni la espectacularidad gratuita, ni artificios los que sean, pues su fuerza principal reside en la sutileza, en la capacidad de sugerir más que de imponer. Proyectos genuinos y singulares como el suyo alejados de la lógica de la comercialidad, pero profundamente comprometidos con la calidad y la exploración artística, encarnan, a la perfección, el espíritu que se propone el festival. Propuestas así son las que dan verdadero sentido a su programación y las que reafirman, año tras año, la vocación del MUD de ser un espacio para la música inquieta, valiente y con identidad propia. Lo vivido con L’Arannà no resultó un concierto más en el marco de un evento en el que casi todo es brillante y debe sorprender. Fue una pequeña/gran revelación musical, de esas que, después de que las últimas notas se hayan desvanecido en el aire, permanecen resonando clavadas en nuestras cabezas y el alma. Y eso, en los tiempos que corren, es un logro mayúsculo, impresionante a todas luces. Como las que ellas emanan con tanto fulgor.