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En formato estrictamente acústico, Ben Harper ofreció una actuación desnuda y directa, en la que cada matiz interpretativo quedó expuesto sin artificios. Sobre el escenario, alternó guitarras acústicas y su característica técnica de slide, imprimiendo a muchas de sus composiciones un tono espiritual cercano al góspel, al blues y al soul. El piano, cuando apareció, fue un contrapunto sonoro íntimo, ampliando la dimensión emocional de un repertorio construido sobre melodías sobrias y letras de fuerte carga social. Sin banda y sin arreglos eléctricos, el californiano apostó por la esencia de la canción y la respuesta del público fue uno de los elementos destacados de la noche, con la Llotja presentando una asistencia cercana al lleno y acompañando el concierto con una escucha atenta y una ovación constante tras cada interpretación o, incluso, en medio de varias de ellas. Ese clima de cercanía reforzó el carácter íntimo del formato acústico y propició momentos de auténtica comunión entre espectadores y el músico, quien, incluso, nos bromeó en ciertos momentos. Como cantante, destacó por una interpretación contenida pero profundamente expresiva con un timbre flexible, apto para pasar del susurro confesional a un registro más áspero y combativo, una dualidad que define gran parte de su estilo. Esa capacidad de alternar fragilidad y convicción convierte cada tema en un pequeño relato emocional en el que el fraseo se apoya tanto en la tradición de la música afroamericana más espiritual como en la sensibilidad del folk norteamericano. El repertorio, mayoritariamente propio, también incluyó algunas versiones que evidencian las raíces musicales del artista. Así, pudimos escuchar clásicos como Morning Yearning, Killers, She’s Only Happy in the Sun, Another Lonely Day, Burn One Down, Diamonds on the Inside o Waiting on an Angel –uno de sus temas más populares–, amén de varios instrumentales con la guitarra slide extraídos de Winter Is For Lovers, su extraordinario álbum gestado y editado con urgencia durante la pandemia, que sonaron divinamente. También hubo espacio para varias lecturas personales de canciones de héroes suyos referenciales como Marvin Gaye, Bob Dylan o incluso Bruce Springsteen, a quienes rindió homenaje con adaptaciones acústicas que subrayaron el carácter atemporal de sus composiciones y funcionaron como guiños a la tradición que ha nutrido su bagaje artístico. Más allá de su faceta musical, la trayectoria de Harper está marcada por una constante dimensión humana, abordando en sus letras cuestiones como la justicia racial, la desigualdad y la memoria histórica, que sitúan su obra en una línea de compromiso heredera de los grandes cantautores estadounidenses y definen su compromiso ético. En resumen, excelente recital de un grande de los de verdad, en un formato que permitió apreciar con claridad la arquitectura emocional de una obra soberbia y la vigencia de un músico que, lejos de apoyarse en la nostalgia, sabe encontrar en la sencillez compositiva e interpretativa la forma más honesta de comunicación con su público. Para no olvidar.

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