Con patatas

Albert Guinovart i l’OJC, diumenge passat a l’Auditori de Lleida.
CLÁSICA/FLAMENCO
- Autores: Gerhard, Albéniz, Pagès-Corella y Falla.
- Intérpretes.: OJC. Xavier Pagès-Corella, director.
- Sala: Auditori de Lleida.
- Fecha: 22 de marzo.
- ★★★★✩
Cuando acabó su actuación el domingo en el Auditorio, Albert Guinovart bajó del escenario y se puso a mi lado para seguir el resto del concierto. Jamás había comentado obras en directo con un músico de tanta categoría. Estamos hablando de un intérprete que está en la cumbre del piano romántico, con una capacidad incomparable para distinguir jerárquicamente la melodía entre un océano de notas que podría abrumarte, sirviéndote siempre en bandeja lo más importante para que no te pierdas por muchas cosas que pasen. El Concierto fantástico de Albéniz es menos fantástico que él, quiero decir que la obra está por debajo del pianista. No es extraño que se interprete poco porque es un concierto romántico al uso, sin ninguna presencia del andalucismo que haría grande a Albéniz, y por este motivo extrañó un poco su presencia en el progarama del domingo, en el que el flamenco tuvo un gran protagonismo. Comenzó con las Alegrías de Gerhard, un sorprendente homenaje a este palo muy bien escrito con un lenguaje tonal y cautivadores toques impresionistas. Siguió la Dansa flamenca de Pagès-Corella, que arranca con una atmósfera seductora de la que emerge con hermosura el palo de bulería y sigue un crescendo con fuego cruzado que te llega por todas partes, en un ejercicio de virtuosismo orquestal con el que el compositor-director exigió mucho a sus músicos. Y acabó con El amor brujo de Falla, un creador que fue top ten mundial en su tiempo por una música perfecta en la que aúna refinado impresionismo parisino con melismas gitanos en la pasional escala frigia, acentos rítmicos que parecen de Stravinski y acordes construidos con superposiciones tonales que evocan una gran guitarra resonando con las cuerdas al aire. Contó la OJC con la espléndida Mayte Martín, aunque la amplificación sacó a su voz un color extraño. Era una amplificación imprescindible porque una cantaora no es como una cantante lírica que proyecta la voz para que se oiga por encima de la orquesta desde la última butaca del Liceu, sino que canta desde el cuello porque su arte está pensado para un tablao. En esta música no mandan los bajos sino la cantaora (y si no la hay, la bailaora; y si no la hay, la guitarra). La OJC siguió bien a una sobradísima Martín y aprobó uno de los grandes retos del flamenco junto a su deslumbrante complejidad rítmica, con hasta 37 palos en ruedas de 12 tiempos que combinan compases binarios y ternarios. Si algún día Catalunya es independiente es posible que ganemos a España en muchas competiciones, pero en música nos comerán con patatas.