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La sala 2 del Auditori Enric Granados, aunque en muy petit comité, fue escenario de una velada de jazz marcada por la elegancia, el conocimiento estilístico y una clara vocación de recuperación y homenaje. Hablamos de la presentación en directo del más reciente proyecto y el álbum homónimo lanzado por el saxofonista Enric Peidro, quien ha dedicado sus últimos años de trabajo, tras una ardua labor de arqueología musical, a sacar a la luz y a reivindicar la figura y el legado musical del trombonista puertorriqueño Juan Tizol, pieza fundamental en la orquesta de Duke Ellington durante cerca de dos décadas. Bajo el título Tizol’s Delicatessen: The Musical Legacy of Juan Tizol, el repertorio desplegado en Lleida ofreció una cuidada selección de composiciones del magnífico trombonista latino, muchas de ellas desconocidas hasta la fecha, puesto que nunca fueron plasmadas en disco, y explicadas de forma la mar de didáctica. Más allá del valor histórico de la propuesta, indiscutible por supuesto, lo que más destacó fue la capacidad del músico alicantino para insuflar nueva vida a este material, abordándolo desde una mirada respetuosa pero nunca rígida ni inmovilista. El estilo interpretativo de Peidro, bien consolidado tras una trayectoria amplia y reconocida en la escena jazzística peninsular, se caracteriza por un fraseo de raíz clásica, profundamente anclado en el lenguaje del swing, y por una sonoridad cálida, redonda y sin afectación. Su discurso, melódico donde los haya, evita el virtuosismo innecesario para centrarse en la construcción y el desarrollo narrativo de cada pieza, lo que redunda en una comunicación directa con el oyente. En esta experiencia, esa claridad expresiva se puso especialmente al servicio del repertorio de Tizol, cuyas estructuras refinadas encontraron en el saxofonista alicantino un intérprete ideal para piezas inolvidables como Caravan, Perdido, Jubilesta, Bagdad, Moonlight Fiesta o Conga Brava, entre otras, fundamentales para la orquesta del ‘Duque’, a la que aportó, entre las décadas de los años 30 y los 40, un sabor distintivo y precursor del jazz latino que explotaría y se expandiría con fuerza en la siguiente de los 50. El cuarteto que secundó a Peidro en esta ocasión demostró ser un engranaje sólido y bien equilibrado. El pianista Gerard Nieto aportó un acompañamiento elegante y flexible, alternando pasajes de delicada sutileza con intervenciones más incisivas. Por su parte, la contrabajista Queralt Caps sostuvo con firmeza la base armónica, destacando por su precisión y musicalidad, mientras que el batería Xavier Hinojosa ofreció un soporte rítmico atento y dinámico, siempre al servicio del conjunto. Uno de los mayores aciertos de la velada fue la cohesión del grupo. Lejos de concebir el concierto como un mero lucimiento solista, Peidro apostó por un enfoque colectivo, dejando a cada músico encontrar su espacio para cierto lucimiento, sin romper la unidad del discurso. Esta interacción fluida permitió que las composiciones respiraran con naturalidad, combinando momentos de lirismo contenido con otros de mayor impulso rítmico y sonoridad latina. En conjunto, el espectáculo se reveló como una propuesta de notable solidez artística, capaz de tender puentes entre tradición y contemporaneidad. Más que un ejercicio de nostalgia, la música de Juan Tizol emergió aquí como un legado vivo, reinterpretado con inteligencia y sensibilidad, en una actuación que reafirmó, una vez más, el potencial de Enric Peidro como músico y su compromiso con un jazz que mira al pasado para seguir avanzando.

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