Lúcido y brillante
Joe Lovano regresó al Jazzaldia con la autoridad serena de quien ya forma parte de la historia del jazz. La 61.ª edición del festival le distinguió con el Premio Donostiako Jazzaldia, un reconocimiento que subraya una trayectoria ejemplar y una permanente voluntad de explorar nuevos territorios sonoros. No era solo un homenaje a una carrera jalonada por un Grammy, una extensa discografía como líder y colaboraciones con algunas de las figuras esenciales del jazz contemporáneo, sino también el reconocimiento a un músico que, más de cuatro décadas después de su irrupción en la escena internacional, continúa reinventando su lenguaje. Desde su irrupción junto a Mel Lewis, Paul Motian o Charlie Haden hasta sus proyectos más recientes, Lovano ha sabido conjugar tradición e innovación con una personalidad absolutamente reconocible. En la plaza de la Trinidad compareció al frente de un cuarteto de enorme personalidad, el Paramount Quartet, en el que le secundaban el guitarrista Julian Lage, el contrabajista Santi Debriano y el baterista Will Calhoun. Así, lejos de plantear una relación jerárquica entre líder y acompañantes, Lovano propuso un diálogo constante en el que cada músico encontró espacio para desarrollar un discurso propio. La extraordinaria sensibilidad armónica de Lage, la firmeza y elasticidad del contrabajo de Debriano y la energía siempre imaginativa de Calhoun conformaron un entramado rítmico y tímbrico de gran riqueza, sobre el que el saxofonista desplegó su inconfundible voz y habilidades. Porque si algo distingue a Lovano es precisamente esa capacidad para hacer convivir la tradición con una búsqueda incesante. Su sonido conserva la profundidad del gran tenor clásico, pero rehúye cualquier tentación de acomodarse en fórmulas conocidas. Cada frase parece construirse en el instante, con un sentido narrativo que alterna lirismo, riesgo, silencios elocuentes y explosiones de intensidad. Su dominio del espacio resulta tan expresivo como la abundancia de notas, y su forma de dialogar con la banda convierte la improvisación en un proceso colectivo antes que en una exhibición individual. El concierto tuvo ese aire de conversación abierta que caracteriza a los grandes músicos cuando la experiencia se convierte en libertad y no se vislumbran límites a la creatividad. No hubo artificios ni gestos grandilocuentes, sino una sucesión de piezas interpretadas con una naturalidad elocuente en las que el cuarteto mostró una compenetración extraordinaria y una escucha sin fisuras. El público respondió con su atención y respeto habituales, consciente de encontrarse ante uno de esos intérpretes capaces de convertir cada actuación en una experiencia irrepetible. El reconocimiento del Jazzaldia encontró así su mejor justificación: la de un creador que sigue ampliando las posibilidades expresivas del jazz sin perder, nunca, la elegancia, la curiosidad y el amor por una música que, en sus manos, continúa sonando lúcida y brillante.