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CRÓNICA POLÍTICA

La sociedad civil auxilia a la política

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Observarán últimamente una proliferación de entidades que se titulan “sociedad civil” con apellidos diversos. No es una moda. Es la confirmación positiva de que algo se mueve. La sociedad civil, la ciudadanía, que se movilizó durante la Transición para apoyarla, al concluir la tarea normalizadora, volvió a sus cuarteles vitales y dejó a los políticos la gestión de lo público.

Es más, los partidos lanzaron una OPA amistosa a numerosos dirigentes de la sociedad civil, y por ello, gentes de asociaciones vecinales terminaron de concejales, y presidentes de colegios profesionales fueron alcaldes o diputados.

Podría decirse que esa resurrección de la sociedad civil que estamos viviendo ahora no es exclusiva de España, donde el hartazgo de la parálisis política y el conflicto en Cataluña lo activan.

Es un fenómeno que prende en todo el mundo. En Italia por el temor a la deriva neofascista del vicepresidente Salvini montado en el caballo anti-inmigratorio. Pero cruzando el Atlántico, en República Dominicana, por el problema de la inmigración ilegal haitiana con ascenso de popularidad del nieto del dictador Trujillo.

O en Estados Unidos por la inquietud que generan los desaguisados de Trump contra la inmigración, o la lucha contra el cambio climático. Es un fenómeno mundial.

Más le vale a la sociedad civil activarse para controlar los excesos de la política, o estimular sus insuficiencias. Aquí la tensión en torno al proyecto independentista ha dañado la convivencia con el resto de España y ha fracturado gravemente la sociedad catalana.

Como por ahora los políticos no logran encauzarlo, aunque la reunión Sánchez-Torra ayude a la distensión, corresponde al ámbito civil moverse e intervenir. Pero conviene distinguir el grano de la paja.

Hay entidades que se reclaman de la sociedad civil pero pronto se detecta que, aun siéndolo inicialmente e integradas por gentes de buena fe, actúan como meros terminales –sino como fuerza de choque– de posiciones estrictamente políticas.

Ya nadie cree, por ejemplo, que la ANC y Òmnium Cultural sean lo mismo porque demuestran nítidamente la posición política distinta a la que tributan. Y hay acusaciones similares hacia Societat Civil Catalana. Al tiempo, conviene estar alerta ante el surgimiento de entidades que se reclaman de la sociedad civil al calor de la corriente, pero no pueden ocultar sus aspiraciones de mero lobby.

Hace quince días, Sociedad Civil por el Debate –entidad creada hace tres años por un grupo de personas entre los que me encuentro– reunió en la Universidad de Lleida a periodistas y diversos profesionales (con el apoyo de otros que no pudieron estar como Antonio Garrigues, Anton Costas, Màrius Carol o Enric Hernández) para un encuentro titulado Hablemos-Parlem o Parlem-Hablemos.

Excelente reunión, extraordinario rector anfitrión, que además es presidente de la CRUE, y palabras esperanzadoras que han ido filtrando posteriormente en artículos imprescindibles y crónicas orales.

No era una reunión pública pero tampoco secreta: veinte profesionales llegados de Girona, Sevilla, Madrid, Barcelona, Coruña, Valencia, Zaragoza y la propia Lleida (un vicerrector y los dos directores de la prensa provincial), todos con sensibilidades distintas y voluntad de concordia y construcción.

Lean en La Vanguardia del sábado a Jordi Ludevid, expresidente de los profesionales del país, explicando que en Cataluña domina la raíz del derecho privado mientras que en Castilla la del derecho público.

Entren en la página sociedadcivil.com y vean el resumen del encuentro con la teoría binaria allí expuesta por el director de la Fundación Tres Culturas de Sevilla; o las reflexiones de Xavier Vidal-Folch y otros. La reunión le sugirió a Antoni Puigverd que “donde había un erial, ahora crece la hierba y algunas flores.

Pero el jardín del diálogo está por diseñar y cultivar”. Preciosa metáfora y análisis preciso de donde estamos. Menos mal que nos queda la sociedad civil.

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