SEGRE

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No en 7; en 9. En el primero desmanteló la democracia en 53 días mediante una ley de habilitación que le permitió sustituir la legislación parlamentaria por la gubernamental. En el segundo dejó claro a quienes habían creído que podrían domesticarle que sería Él quien se apoderaría de ellos. En el tercero dio a conocer la forma unilateral con que entendía la lealtad. En el cuarto procuró que la prensa no se enterara de la amenaza que Él representaba para la democracia. En el quinto estableció aranceles excéntricos. En el sexto se inventó una crisis de la que responsabilizó a rivales políticos para eliminarlos. En el séptimo presionó al presidente del Banco Central para forzar su renuncia. En el octavo consideró Groenlandia una cuestión de seguridad nacional y diseñó una estrategia para apoderarse de ella. Y en el noveno proyectó una ampliación de la sede presidencial. El astuto lector pensará que el editorialista habla sarcásticamente de Dios para referirse a Trump. ¡Pues no! Reproduce el análisis de Timothy W. Ryback sobre el comportamiento de Hitler una vez alcanzada la Cancillería. El paralelismo con lo que ha hecho Trump en su segundo mandato es asombroso. Las diferencias solo se producen en los nombres: obviamente, en el caso de Trump no se puede decir, como en el de Hitler, que la ley de habilitación se aprobó en el Reichstag; ni que la democracia que pone en peligro es la de Weimar; ni que el rival político eliminado con una crisis inventada es el Partido Comunista; ni que sus presiones al presidente del Banco Central vulneren la independencia que garantizaba la Constitución de Weimar; ni que la ampliación de la sede presidencial se haga en el edificio de la Cancillería. Más allá de los nombres, las semejanzas asustan. Y en algunos casos incluso en los nombres: ahí está Groenlandia. Una guerra mundial enterró el totalitarismo. Lo que siguió después fue el proyecto humanitario más emocionante que ha conocido la contemporaneidad, con la consolidación del sistema democrático basado en la protección de los derechos humanos. Todo eso puede irse al garete con lo que hemos visto el siglo XXI, y particularmente el último lustro. Trump ve, como veía en su día Hitler, un enemigo interior y uno exterior. Los considera por este orden a nivel de importancia. Prioriza eliminar el interior porque piensa que la eliminación del exterior caerá por su propio peso con el uso de la fuerza. De ahí la reaparición de la doctrina Monroe, la promoción de un genocidio en Gaza, el secuestro de un presidente en Venezuela. Trump acompaña todo eso con la potenciación de la ultraderecha en el Viejo Continente que hace 80 años construyó la democracia que él pretende destruir. Ahí están la “prioridad nacional” —contra el enemigo exterior— y la “mayoría nacional” —contra el interior— de las dos derechas españolas. Que Dios nos coja confesados. El de verdad.

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