SEGRE

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E n ajedrez podemos jugar con blancas o negras. Tomar la iniciativa o resistir. En el baloncesto sucede lo mismo: se puede salir a defender, a especular… o a ganar. En cuanto a las piezas, en el ajedrez movemos 16, en un partido 12, y en ambos casos, como en cualquier juego de estrategia, el éxito o el fracaso no depende solo del talento, sino de cómo se utilizan.

En ajedrez cada movimiento importa. Las piezas clave deben protegerse, pero también usarse. Guardarlas en exceso es tan peligroso como perderlas. Rara vez un peón gana una partida por sí solo; quien suele decidir es la reina. Eso no significa que los peones no sean importantes: al contrario, son ellos quienes abren el tablero, generan espacios y permiten que las piezas mayores entren en juego. Torres, caballos y alfiles dan dinamismo, crean amenazas y sostienen el plan. Pero para la mayoría de jugadores hay una verdad incuestionable: sin reina, el sufrimiento es constante. Y aquí es donde el Hiopos Lleida puede estar cometiendo su mayor error. Está infravalorando a su mejor pieza. Nuestra reina no puede ser secundaria. Debe estar en pista, marcar el ritmo y obligar al rival a reajustar cada defensa. Puede descansar, servir para engañar, pero no desaparecer. En Granada apareció tarde, demasiado, y eso condenó a un final no deseado en un partido clave. El rival, en cambio, jugó con valentía y su jugador-reina decidió.

A estas alturas, creer que una partida está encarrilada con 9 victorias es una ilusión peligrosa. Ajedrez y baloncesto castigan la complacencia. No usar tu mejor pieza no es conservador; es arriesgado. Ayer el tablero cambió y las piezas clave respondieron. Parece que en los momentos más críticos, al borde del jaque mate, el equipo sobrevive… y quizá ahí esté la clave.

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