Festa Major
En dos fines de semana señalados en Lleida, la Festa Major y el Aplec, el equipo se juega su futuro. El objetivo inicial era claro: mantener la categoría. Sin embargo, un inicio fulgurante, con cuatro triunfos en las seis primeras jornadas, nos permitió soñar despiertos. Soñamos con la Copa e incluso con el play off. La ilusión duró lo que duró, porque se encendieron todas las alarmas y se sembraron dudas. Y cuando el panorama parecía oscuro, el equipo volvió a sorprender.
Eso sí, la contradicción volvió a escena. Ganamos a equipos superiores, pero fallamos contra aquellos de nuestra supuesta Liga. Una irregularidad desconcertante que nos ha acompañado toda la temporada. Si mayo es, por definición, mes de fiestas en Lleida, no se me ocurre mejor metáfora que definir el curso como una auténtica montaña rusa. Durante la temporada se han repetido los mismos debates: carencias en la dirección, problemas en el juego interior, faltas de continuidad. En resumen, un equipo con lagunas evidentes. Y ahora, cuando la temporada entra en su tramo final, seguimos luchando por evitar el sufrimiento (o sufriendo para evitarlo) y esquivar esas dos endiabladas plazas que condenan al descenso. Es el momento de hacerse preguntas incómodas: ¿Cómo se construyó este equipo? ¿Dónde está realmente el problema? ¿Y la solución?
En demasiadas fases, este equipo ha recordado a un conjunto júnior en crecimiento: se juega más con el corazón que con la cabeza, pero se intuye evolución. La diferencia es evidente y preocupante: aquí hay jugadores “sénior”. Y esa contradicción ha sido, para mí, una de las grandes incógnitas del curso. Toca confiar en que esta montaña rusa nos lleve a lo más alto y que podamos disfrutar del Aplec con los deberes hechos.