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(*) PHD, INVESTIGADORA, CONSULTORA Y DIVULGADORA DE LIDERAZGO CORPORATIVO, AUTORA DEL SISTEMA DE LIDERAZGO PICE®, CEO DE TALENSIA LEADERSHIP INSTITUTE/SARA SAMPEDRO ESCUER*

El liderazgo que nadie ve

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Hay un tipo de liderazgo que no aparece en ningún informe de resultados. No genera titulares, no se celebra en reuniones de dirección y rara vez se menciona en las evaluaciones de desempeño. Es el liderazgo cotidiano: el que ocurre en un pasillo, en una conversación de cinco minutos, en la forma en que un responsable responde cuando alguien comete un error, en la mirada que acompaña una decisión difícil.

Llamémosla Marta. Directiva de una empresa mediana, con un equipo de doce personas. Nadie fuera de su departamento sabía muy bien qué hacía, más allá de que su área funcionaba. Los números eran correctos, las entregas puntuales, la rotación casi inexistente. Un día, desde la dirección general, le preguntaron qué hacía distinto. Se quedó pensando unos segundos y respondió: “Nada especial. Intento estar disponible sin que parezca que estoy supervisando.”

Esa frase sencilla escondía algo que cuesta mucho construir y muy poco destruir: la presencia sin control. Marta no revisaba el trabajo de nadie sin que le pidieran opinión. No preguntaba por qué algo se había hecho de una manera determinada cuando el resultado era bueno. No convocaba reuniones para actualizar el estado de lo que ya sabía. Pero sí aparecía cuando alguien tenía un problema, antes de que ese problema se convirtiera en un incendio.

El liderazgo que nadie ve no es el liderazgo invisible. Es el que no necesita aplausos para funcionar. No busca ser reconocido en cada decisión porque ha entendido algo esencial: el trabajo de un líder no es protagonizar, sino posibilitar. Y posibilitar exige precisamente lo contrario de lo que muchos sistemas de reconocimiento premian: menos visibilidad propia, más visibilidad del equipo.

La investigación sobre liderazgo auténtico lleva décadas documentando algo que las organizaciones siguen resistiendo: las competencias que más impacto tienen en el compromiso y el rendimiento de un equipo no son las más espectaculares. No son la capacidad de inspirar en los grandes momentos ni la habilidad para tomar decisiones bajo presión extrema. Son competencias más discretas: la consistencia entre lo que se dice y lo que se hace, la transparencia en la comunicación, el autoconocimiento que permite saber cuándo uno se equivoca, la disponibilidad emocional para el otro en los momentos ordinarios.

Ninguna de esas cosas es particularmente fotogénica. Pero son las que determinan si un equipo tiene ganas de volver al trabajo el lunes por la mañana.

Hay organizaciones que llevan años midiendo el rendimiento de sus equipos sin medir el liderazgo que lo produce. Se analizan resultados, indicadores, ratios de productividad, encuestas de clima. Pero pocas veces se pone bajo la lupa la calidad real de las competencias directivas que explican por qué esos números son lo que son.

El liderazgo que nadie ve sigue ahí, todos los días, dando forma a la cultura de la organización, protegiéndola o erosionándola, en silencio. Quizá lo más urgente no es celebrar más a los líderes visibles. Sino aprender a detectar, nombrar y desarrollar a quienes construyen desde lo que no se ve.

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