Fantasía austera de artificios
Concebida en sus inicios como película para terminar convirtiéndose en una serie de seis capítulos, Nibelungos es la última y ambiciosa apuesta alemana de fantasía épica que no se esconde en pretender el éxito de Juego de tronos (2011) y Vikingos (2013). Sin embargo, tal y como comentaremos más adelante, todo apunta a que el resultado final ha quedado por debajo de dicho objetivo. Enmarcada en una Europa mítica inspirada en las leyendas germánicas medievales, la trama sigue a Gunter (Dominic Marcus Singer), un joven inexperto presionado a ocupar el trono de Burgundia tras la muerte del rey Dankrat (Jörg Hartmann). Debido a la amenaza de hunos y romanos asediando las fronteras de su reino, el recién nombrado monarca emprende una peligrosa expedición a Iseland junto a Sigfrido de Xanten (Jannis Niewöhner), un legendario mercenario y matadragones, con el fin de desposar a Brunilda (Rosalinde Mynster), reina valquiria dotada de antiguos poderes mágicos cuya alianza podría decantar la guerra a su favor. Aun con esta sinopsis, cabe alertar al espectador de que en esta creación de Cyrill Boss, Philipp Stennert y Doron Wisotzky, basada en la novela Hagen von Tronje (1986) de Wolfgang Hohlbein, prevalecen las intrigas de palacio y los enredos familiares y románticos frente a la acción y los efectos especiales propios del género. A ello cabe añadirle un muy denso contexto narrativo que requiere de la máxima atención para no perder el hilo, desarrollado bajo una muy irregular puesta en escena y a un fuego tan lento que puede llegar a desesperar a quienes aguarden las escenas de batallas. Sobre la decisión de cerrar ciertos episodios con música pop, mejor no hacer ningún comentario. Por todo ello, no es de extrañar que la recepción por parte de la audiencia haya sido algo tibia, con cierta división entre los fans de este tipo de producciones. En el otro lado de la balanza, la cinta es toda una exhibición visual gracias al uso intensivo de exteriores y una fotografía fría y sombría que construye un mundo medieval físico, sucio y creíble. La solidez de su reparto, la profundidad de sus personajes y el magistral cierre de su estructura narrativa –de agradecer en un contexto de continuaciones interminables por meros fines comerciales– son el resto de principales bazas para enganchar a quienes busquen una relectura adulta del mito desde un prisma de guerra psicológica por encima del espectáculo de dragones y magia.