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En televisión italiana de la década de los 70 y principios de los 80 reinaba la figura de Enzo Tortora (Fabrizio Gifuni), conductor del programa de variedades Portobello. En contraposición a aquel plató repleto de teléfonos, animales exóticos y señoras armadas con tapetes de ganchillo, la oscuridad de las cárceles bajo la que se movían los capos y sicarios de la Camorra. Entre ellos, un resentido Giovanni Pandico (Lino Musella), quien decidió implicar a Tortora en una trama de narcotráfico por un presunto desaire del presentador. A partir de ese momento, el mundo de luces y aplausos de la estrella televisiva terminaría convirtiéndose en una pesadilla jurídica, empujándole de la noche a la mañana a un laberinto de interrogatorios, filtraciones a la prensa y ruedas de reconocimiento plagadas de contradicciones. Mientras su esposa Anna (Barbora Bobulova) y sus hijas, entre ellas Silvia Tortora (Carlotta Gamba), trataban de sostener la vida familiar, el caso estallaba en los medios dividiendo al país entre quienes lo consideraron un símbolo de la lucha antimafia y quienes lo identificaron como una víctima de un sistema fuera de control. En paralelo, esta creación de Marco Bellocchio (El traidor, Buenos días, noche) basada en el libro epistolar Lettere a Francesca del propio Tortora —cartas escritas desde su celda a su compañera Francesca Scopelliti— recrea la degeneración de las prisiones, las rivalidades internas entre la Camorra —encarnada por nombres como Raffaele Cutolo (Gianfranco Gallo)— y la manipulación política del caso por parte de magistrados, fiscales y dirigentes que buscaron capitalizar el escándalo. Una tragicomedia kafkiana, en definitiva, que ilustra a través de seis episodios con gran acierto un país que confundió justicia con linchamiento. A sus 86 años, Bellocchio vuelve a regalarnos una magistral obra, retrato inequívoco de la era previa al berlusconismo, escenificada con la exquisita fotografía de Francesco Di Giacomo (Life Aquatic, El violín rojo) y un Fabrizio Gifuni (El capital humano, La mejor juventud) que sobresale en su interpretación de showman complejo, orgulloso y vulnerable a la vez. Si la audiencia cede ante el exigente ritmo de la narración y la duración de sus capítulos —el primero supera los 70 minutos de metraje—, así como la densidad de personajes y referencias propias del contexto italiano de la época, se encontrará sin duda con una de las producciones europeas más destacadas del año.

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