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Ha sido uno de los estrenos en hacerse más de rogar –de más de cuatro años, marcado por huelgas, reescrituras, agendas cada vez más difíciles de coordinar y varias pérdidas en el equipo– y su llegada ha dividido la opinión tanto de público como de crítica. No es de extrañar, ya que la tercera temporada de Euphoria (2019) arranca con un salto temporal de cinco años y saca a sus personajes del ecosistema del instituto para instalarlos en una juventud adulta mucho más áspera, desorientada y peligrosa. Sam Levinson (The Idol, Malcolm & Marie) amplía el tablero de juego con una clara declaración de intenciones: hablar menos de la adolescencia como incendio inmediato y más de lo que queda cuando dicho incendio se apaga: culpa, fe, redención, autodestrucción y una búsqueda de sentido que ya no puede ocultarse tras el maquillaje, la fiesta o el histrionismo sentimental. Pero el desplazamiento también ha salpicado a su ritmo y escala moral. Rue (Zendaya) sigue ocupando el centro emocional del relato, aunque esta vez no como emblema del caos juvenil sino como una mujer joven obligada a convivir con las consecuencias de todo lo relatado en las anteriores entregas. A su alrededor, Jules (Hunter Schafer), Nate (Jacob Elordi), Cassie (Sydney Sweeney), Maddy (Alexa Demie) y Lexi (Maude Apatow) son empujados hacia una existencia de fragilidad y contradicción, con menos inocencia y un mayor desgaste. Una huida hacia delante en toda regla que, aunque prefiere no echar demasiado la vista atrás, mantiene su potencia visual y una química entre el reparto digna de elogio. Sin embargo, en el momento de escribir estas líneas la recepción de la audiencia se sitúa en un 44% en Rotten Tomatoes y 56 en Metacritic, puntuaciones muy pobres en relación con las altas expectativas generadas. Ello es debido, principalmente, a la pérdida de impulso de los capítulos a medida que avanza el show y una narración discontinua, con un mundo más abierto en detrimento de la profundidad y la intimidad de los personajes. En segundo lugar, el tono se siente tan sórdido que llega a resultar agotador: aunque el objetivo de provocación sigue latente, no siempre queda clara su finalidad –si es que la tiene–. Desde una perspectiva global, se han echado a perder tanto la ferocidad emocional como aquel extraño equilibrio entre sordidez, humor y vulnerabilidad que encumbraron las dos anteriores y punzantes partes.

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