La angustia generacional ilustrada
Descubrí a Zerocalcare, pseudónimo de Michele Rech, navegando por redes sociales hace unos años. Historietista italiano superventas, activista antifascista y cronista de una generación atravesada por la precariedad, la culpa política y la desorientación, son las señas de identidad de un artista cuyo salto a Netflix amplificó su obra internacionalmente a través de un tipo de animación adulta más próxima al diario íntimo que al producto industrial convencional. Después de Cortar por la línea de puntos (2021) y Este mundo no me hará mala persona (2023), el pasado 27 de mayo aterrizó la tercera miniserie de la saga con el regreso de Zero (Zerocalcare), alter ego de Rech, neurótico, autoconsciente y lleno de contradicciones, acompañado una vez más por su particular versión de Pepito Grillo en forma de Armadillo (Valerio Mastandrea), personaje que actúa como voz de la conciencia y termómetro moral. La trama arranca con Zero y Jabalí (Héctor Ireta de Alba), uno de los mejores amigos de la infancia del protagonista, tratando de mantener a flote un pequeño bar de barrio. Lo que parece una modesta aventura de supervivencia económica cotidiana va derivando en una sucesión de deudas, malentendidos y dramas personales que ponen a prueba no solo el negocio, sino también los vínculos que hasta entonces parecían inquebrantables. La serie convierte así una premisa mínima –sacar adelante un local “por cuatro perras”– en una amarga reflexión sobre el paso a la adultez, la precariedad y ese momento en que uno empieza a descubrir que la amistad también puede desgastarse. Si sus anteriores trabajos se enfocaban hacia la apatía generacional, el auge de la ultraderecha o las fracturas sociales de nuestro tiempo, Por cuatro perras se pregunta qué ocurre cuando la traición, la decepción o la distancia ya no vienen solo del sistema, sino también de quienes habían sido nuestro refugio. A caballo entre la sátira y la melancolía, el universo de Zerocalcare no utiliza el humor para suavizar el conflicto, sino para hacerlo más doloroso. Los veloces diálogos, las digresiones mentales, los insertos autorreflexivos y los cambios de registro mantienen esa energía caótica tan propia del autor, mientras el trasfondo emocional se va tornando cada vez más amargo. Ni perfecta ni tampoco accesible para todas las audiencias, especialmente recomendada para una hornada que no tema verse reflejada ante la angustia de la modernidad.