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El huérfano que pasó diez años en el Pirineo de Lleida “como esclavo” encontró a sus hermanos 60 años después: "Eran tres sombras que quizás ya no existían"

La difusión de su historia activó un rastreo de archivos parroquiales y parientes

Montaje que combina la imagen de los hermanos antes de ser abandonados y el actual. - FERRAN BARBERO

Montaje que combina la imagen de los hermanos antes de ser abandonados y el actual. - FERRAN BARBERO

SEGRE REDACCIÓ
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FERRAN BARBER

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El pastor Roberto Bustos Morales llevaba 60 años buscando a tres hermanos de los que solo conservaba la vaga memoria de sus nombres (José, Manolo y Gregorio) y un puñado de frágiles certezas: que eran más jóvenes que él; que habían pasado juntos por un orfanato de Tarragona y que compartían una “mala madre”.

Todo lo que sabía sobre él mismo es que nació en Madrid en 1953 y que en algún momento había acabado junto a sus hermanos en instituciones de menores tras una cadena de abandono, miseria y violencia familiar. A él lo sacó de la Casa de Sant Josep un cura cuando tenía 10 u 11 años y lo entregó a unos ganaderos de Viu de Llevata (Alta Ribagorça), donde -y eso sí que lo recuerda bien- fue obligado a trabajar “como un esclavo” en una vaquería de la que terminó marchándose algo antes de ir a la mili.

Ni la familia que lo empleó como un sirviente infantil sin sueldo ni el centro de menores religioso que le tutelaba le proporcionaron jamás una pista útil sobre el paradero de Gregorio, Manolo y José. Cuando fue mayor de edad y viajó a Tarragona para preguntar por ellos, ni siquiera le dejaron franquear la puerta del orfanato. Hasta el año pasado, no halló la manera de recomponer el árbol roto.

Su búsqueda de 60 años tuvo algo de espiritismo burocrático: invocar nombres, pedir respuestas a papeles mudos y llamar hermano a tres sombras que quizá ya no existían o habían aprendido a vivir con otros apellidos. El sueño de hallar a su familia comenzó a hacerse realidad cuando la historia de lo que él llama su “vida como esclavo” fue divulgada por un diario de alcance estatal y reverberó en los programas de sobremesa de las televisiones generalistas.

La primera pista que iluminó parte de su pasado apareció en Socuéllamos, el pueblo manchego del que procedía su rama materna. Allí, dos aficionados a la historia local, Javier Fresneda y Alfonso Montero, repararon en un detalle que hasta entonces parecía una anomalía más en una biografía en blanco: Andrés Muñoz Alcolea, el nombre con el que el pastor había sido entregado por el cura del orfanato a los ganaderos de Viu de Llevata, era, en realidad, el del padre de sus tres hermanos. O dicho de otro modo: Felisa Bustos había tenido primero a Roberto de un varón desconocido y después se unió a Andrés Muñoz Alcolea y alumbró con él a José, Manolo y Gregorio Muñoz Bustos. Los tres eran, en rigor, hermanos maternos de Roberto, pero a él le asignaron los apellidos del padrastro.

A partir de ahí y con ayuda periodística, la búsqueda dejó de apoyarse solo en la memoria temblorosa de Roberto y empezó a tener partidas, apellidos y domicilios.

Una de las voces que terminó de ordenar el rompecabezas fue la de Angelita Muñoz, prima manchega de aquellos tres niños por la rama de Andrés. «Me picó la curiosidad y me puse a leer el artículo», explicó a los pocos días de la divulgación del caso. «Vi que Roberto creía que se llamaba Andrés Muñoz Alcolea. Y pensé: anda, se llama igual que mi tío. Cuando vi que en el orfanato le habían dado ese nombre y después aparecían los hermanos Manolo, José y Gregorio, dije: son mis primos hermanos».

Angelita no tenía toda la historia, pero sí la pieza que faltaba para no seguir buscando a ciegas. Era un caso proverbial de familia a la deriva y desestructurada que termina cayendo por una pendiente de pobreza.

Los cuatro niños fueron abandonados en Tortosa, según uno de los hermanos de Roberto, Manuel Muñoz: «Mi madre nos dejó en el carrilet, en ese tren pequeño que iba de Tortosa a Salou», recuerda. «Luego mi padre, Andrés, no pudo hacerse cargo de toda la prole y nos puso al cuidado de unas monjas, que a su vez nos enviaron a Tarragona».

Una de las crueldades más limpias de esta historia es que ni Gregorio, ni Manolo ni José recordaban a Roberto: el hermano mayor pasó sesenta años buscando a unos niños que no sabían de su existencia. Y en cierto modo, es lógico. Roberto tenía unos diez años cuando lo separaron del resto de los chiquillos. Los otros eran dos, cuatro y seis años menores que él y, por tanto, más vulnerables a ese borrado que producen los internados, las mudanzas y el miedo. «Me sorprendió saber que tenía un hermano que me buscaba», aseguró Manolo. Al principio, incluso recelaba. «Con José y con Gregorio sí nos hemos visto con los años. Cada uno ha llevado su marcha».

Una infancia a la intemperie

Antes del orfanato, tampoco hubo familia. Hubo un padre/padrastro violento y una infancia a la intemperie. Manolo recuerda que Andrés los golpeaba y que, en ocasiones, les forzaba a mendigar por las calles de ciudades catalanas. «Nos daba muy mala vida», dice. «Nos pegaba y nos obligaba a pedir por Barcelona, por Gavà… Tendría ocho o nueve años. Si no traías dinero, cobrabas». La madre desapareció de esa primera vida y el padre acabó entregando a los menores a instituciones religiosas.

De la Casa Sant Josep, los hermanos salieron hacia destinos diferentes. Mientras Roberto vivía con los vaqueros de Viu de Llevata, Manolo fue entregado a un payés cubano que vivía entre Montblanc, El Prat de Llobregat y Barcelona. El hombre también decía que le trataba como a un hijo, de acuerdo con la misma fórmula que escuchó el pastor en la casa de los ganaderos de la Ribagorça. «Pero de eso nada. Tenía tres chicos más y el único que trabajaba allí era yo», dice Manolo. Ha sido encofrador, montador de andamios, trabajador de empresas eléctricas y lo que saliera. Se casó dos veces, tuvo dos hijas y varias nietas. «He tenido una buena vida», apunta. «Podría haber sido un cabrón, pero no».

Manolo vive actualmente en Sant Jaume d’Enveja, junto al Delta del Ebro. Desde que Roberto y él se conocieron, han empezado a tantear una fraternidad tardía, hecha más de pudor que de memoria. Se han visitado varias veces: Manolo ha subido a Castejón de Sos con su familia y Roberto ha viajado también al pueblo de su hermanastro, donde empieza a pasar de cuando en cuando algunos días con esa parte de la familia que apareció cuando ya nadie esperaba recomponer nada. No es una reparación perfecta. No podía serlo. Pero en una vida como la suya, interpreta lo ocurrido como “una especie de milagro”.

José y Gregorio siguieron otra ruta, siempre dentro de la geografía leridana. José, el mayor de los tres hermanos de Roberto, ha acabado entre monjas en un centro asistencial de La Seu d’Urgell, a donde Roberto va a visitarlo de cuando en cuando. Gregorio, el pequeño, vive en Balaguer. Durante años, Manolo mantuvo algún contacto con ellos, irregular, adulterado por el alcohol, la distancia y esa manera tan pobre de seguir siendo familia que consiste en saber que el otro existe aunque apenas se le vea. Dejó de hablarse con José porque, según afirma, tomó por costumbre llamarle por teléfono a las tres de la mañana.

Roberto conoció a Gregorio durante una grabación para El programa de Sonsoles para Antena 3 que jamás llegó a emitirse. La idea de los productores era grabar el encuentro conmovedor de dos hermanos para poner a llorar a sus audiencias, pero, en primer lugar, los reporteros tuvieron que ir a buscar a Gregorio a un bar y este se presentó en el hotel de la grabación pidiendo un trago a gritos. Tampoco ayudó mucho que Roberto se quedara mudo ante la cámara. Ya no han vuelto a verse desde entonces pero cruzan mensajes cada semana porque el pastor sentimental está obstinado en mantener los vínculos con toda su familia.

Dos hermanas más en Vitoria

El pasado año, el pastor Roberto Bustos Morales se benefició de una especie de milagro de Navidad. Al tirar de las madejas de Manolo, su hermanastro, apareció una segunda familia que Roberto tampoco conocía: Pilar Alonso Bustos y Felisa Alonso Bustos, dos hermanas por parte de madre nacidas en Vitoria, hoy de 59 y 60 años, respectivamente. Las dos son hijas de la misma Felisa que había dejado atrás a Roberto, José, Manolo y Gregorio. También ellas crecieron entre silencios, golpes y preguntas prohibidas. Pilar recordaba que Manolo había enviado una carta años atrás. Se la leyó a su madre porque Felisa no sabía leer. La reacción fue tan seca como la vida anterior que intentaba sepultar: la rompió. “Preguntabas sobre ellos y te llevabas una hostia”, asegura Pilar. «No fue posible aclarar nada y a Roberto ni lo mencionó jamás». La existencia de los tres hermanastros le llegó tarde. La del pastor, todavía más tarde. «Si la hubieras conocido, lo entenderías mejor. Nunca tuvo instintos maternales». Con Roberto intercambian mensajes casi a diario y se han visitado ya en varias ocasiones. Cada vez que va a Vitoria, se siente tratado por Pilar y por Felisa como lo que es: su hermano.
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