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Roberto Bustos, 73 anys, el huérfano que pasó diez años como ‘esclavo’ en el Pirineo de Lleida: “Aquello no fue una adopción”
Durante una década se llamó Andrés, ordeñó vacas sin sueldo y comía aparte

Manolo Muñoz Bustos. - CEDIDA
Roberto Bustos Morales vivió una década de su infancia y su juventud como ‘esclavo’, y bajo la identidad de Andrés Muñoz Alcolea, en la hacienda de una familia de Viu de Llevata, a la que fue entregado bajo la formula de la acogida temporal o colocación familiar. Cuando lo supo inició una búsqueda de sus hermanos que duró sesenta años.
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FERRAN BARBER
"Me vinieron a sacar del orfanato cuando tenía diez u once años. En febrero cumplí 73, así que hagan la cuenta del tiempo que ha pasado", dice el pastor Roberto Bustos Morales desde la residencia de Castejón de Sos (Ribagorça) donde vive. “Me separaron para siempre de mis tres hermanos y me llamaron Andrés Muñoz Alcolea, que ni son los apellidos de mi madre ni los de la familia de Viu de Llevata que me tomó como a un esclavo. ¿Qué querían ocultar? Aquello no fue realmente una adopción. Unos padres adoptivos no te ponen a trabajar desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche. A veces era la una de la madrugada y seguía en la cuadra. Si paría un animal, dormía en los establos. Y de lunes a domingo. Ni se me pasaba por la cabeza pedir un día”.
El orfanato que Roberto menciona era la Casa Sant Josep de Tarragona, también conocida como Casa Tutelar de San José, una institución fundada en 1912 y vinculada durante décadas al viejo sistema de protección y reforma de menores. En los años 60, cuando fue entregado a unos payeses de la Alta Ribagorça, el centro estaba dirigido por mossèn Prefecte (Perfecte, en la documentación ecleciástica) Cabré, recordado en la memoria institucional como «continuador y modernizador de la obra asistencial».
Cabré sacó a Roberto del centro y lo entregó a un matrimonio de ganaderos de Viu de Llevata, en la Alta Ribagorça, bajo la fórmula legal de la llamada acogida temporal o colocación familiar, una figura de la legislación franquista que permitía al Tribunal Tutelar confiar a un niño a una familia hasta su mayoría de edad.

Roberto, releyendo el documento del Registro, en Castejón de Sos. - ANTENA 3
Sobre el papel, era una piadosa medida asistencial: el menor dejaba el orfanato para integrarse en un hogar. En la práctica, y en demasiados casos, era una transferencia de mano de obra infantil gratuita hacia familias rurales o pequeños empresarios que necesitaban brazos y no podían o no querían pagarlos. El niño no firmaba ningún documento. La familia no pagaba nada. El centro quedaba descargado de una boca. Y el sistema, amparado en la retórica del hogar cristiano y la caridad, miraba hacia otro lado.
Hace un año localizamos en su casa de El Pont de Suert a la que fue su madre de acogida y nos interesamos por lo sucedido. Su esposo presentaba ya incipientes síntomas de demencia. Pero la mujer, de 86 años entonces, tenía una cabeza perfectamente ordenada y unos recuerdos muy nítidos que ayudan a reconstruir su versión del episodio: “Era un chico maravilloso, una gran persona. Un poco mongólico: medio subnormal”, aseguró. “Nos lo entregó en adopción temporal un cura de Tarragona que era amigo de la familia. Le tratábamos como a un hijo y estaba muy feliz en nuestra casa hasta que unos vecinos de la aldea le llenaron la cabeza de pájaros y le empezaron a decir que lo usábamos como a un esclavo. Es que Andrés no tiene muchas luces”.
Y a renglón seguido aclaró: «Pero tenemos los papeles: lo hicimos todo legalmente. Recuerdo que Prefecte me contaba que su padre iba a buscarle; le pegaba dos palizas y se lo llevaba para pedir limosna y luego, lo volvía a traer. Lo pasó muy mal de pequeño. Así que el cura le dijo: ‘Pues vete a una casa donde te van a querer como a un hijo’. Este pobre señor era un santo y nos mandaba a los peores chavales que tenía para que los controláramos unos días. Cuando se marchó Andrés (Roberto), nos mandaron a otro que fue tremendo. Andrés era un ángel. Después, tuvimos una hija propia y él la quería como a una hermana».
Roberto no es retrasado, como sugiere la mujer. Aunque se expresa a trompicones, es perfectamente capaz de verbalizar una visión muy diferente a la que ofrece el matrimonio. En la casa había vacas, y al poco de llegar lo pusieron al cargo de todos los trabajos de una manera que describe como “brutal”.
“Ellos comían en el comedor y a mí me obligaban a hacerlo en la cocina”, recuerda. “Ni siquiera me daban siempre de comer lo mismo. A veces ellos se hacían cosas especiales y a mí me dejaban aparte. Me ocultaban cuando venían amistades. Nunca me presentaron como a un miembro de la familia. Al principio, ni me llevaron a la escuela. ¿Como a un hijo? ¡Me tenían como a un esclavo! Tenían unas 50 vacas y yo las ordeñaba, les daba de comer, limpiaba los establos y las sacaba al monte”.
En los 60, Viu de Llevata era una aldea aislada que de facto funcionaba como una trampa para un niño sin papeles, sin familia y sin donde ni nadie par acudir. Roberto apenas conocía otro mundo que la cuadra y los montes donde apacentaba el ganado. “Ni sabía ni quién era. Me habían quitado mis papeles, me habían cambiado el nombre y me habían separado de mis hermanos. A veces pensaba en escaparme, pero ¿adónde iba a ir? Me hicieron creer que tenía que estar agradecido porque me daban techo y comida. Pero yo no era un hijo”.
No había jornal, paga, contrato ni compensación real por los años de trabajo. “Es que yo era muy pobre en aquel entonces”, se justificaba su padre de acogida. “Jamás me pagaron un sueldo”, confirma Roberto. “Si necesitaba ropa, dependía de lo que me compraban o de lo que me daban otros. Todo era de ellos: la casa, las vacas, el dinero... y mi vida también parecía de ellos. Me llamaban y aún me llaman Andrés, aunque yo era Roberto. Lo que pasa es que eso lo supe demasiado tarde”.
La revelación le alcanzó cuando fue llamado a filas: al tramitar su documentación para la mili descubrió que se llamaba Roberto Bustos Morales, nacido en Madrid el 3 de febrero de 1953, hijo de Felisa y de padre desconocido. Y sus tres hermanos no habían desaparecido de su vida por casualidad: aquel cura “tan santo” los había separado. “Cuando supe mi nombre verdadero empecé a entender que me habían robado algo más que la infancia”, dice Roberto. “Me habían quitado a mis hermanos. Yo sabía que existían José, Manolo y Gregorio, pero no sabía dónde estaban. Volví a Tarragona para pedir información y no me dejaron ni pasar de la puerta del orfanato”. Ese viaje frustrado convirtió su búsqueda en una obsesión que se prolongó durante 60 años.