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GOLPISMO

Un golpista del 23-F del Pirineo de Lleida es abuelo del ‘pequeño Nicolás’

El espía del Cesid penado por el golpe nació en La Torre de Capdella y el ‘célebre’ joven es su nieto. Vicente Gómez vivió en el cuartel de la Guardia Civil que hoy acoge el Centre d’Esports de Muntanya

Un golpista del 23-F del Pirineo de Lleida es abuelo del ‘pequeño Nicolás’

Un golpista del 23-F del Pirineo de Lleida es abuelo del ‘pequeño Nicolás’

Lleida

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La madeja de personajes de las tramas que confluyeron en el 23-F incluye un hilo que conecta un paisaje como el Pallars Jussà con un personaje como el pequeño Nicolás, el joven madrileño que hace unos años alcanzó cierta celebridad mediática por sus andanzas, algunas delictivas, entre las elites del Madrid D.F., ante las que se presentaba como un charly, un colaborador del CNI (Centro Nacional de Inteligencia) fuera de nómina.

El hilo se llama Vicente Gómez Iglesias, capitán de la Guardia Civil y miembro del Cesid (Centro Superior de Investigaciones de la Defensa) el 23 de febrero de 1981 y, al final, el único miembro del espionaje español condenado por la fallida intentona golpista. Es el abuelo paterno de Francisco Nicolás Gómez Iglesias, el pequeño Nicolás, que conserva los dos apellidos de aquel.

Gómez Iglesias, hijo de un agente del instituto armado, nació en La Torre de Capdella en 1946 y pasó los primeros años de su vida en la casa-cuartel del instituto armado en la localidad pallaresa, el mismo edificio que, una vez renovado, acoge el Centre d’Esports d’Alta Muntanya. El anterior, el construido para acoger al destacamento que el Gobierno del Conde de Romanones envió al pueblo en 1912, se lo llevó por delante el río Flamisell en la histórica crecida de 1937. La presencia de las fuerzas de seguridad había sido solicitada por la empresa francosuiza Energía Eléctrica de Catalunya, preocupada por salvaguardar el patrimonio y deseosa de protección en una etapa de emergencia del movimiento obrero mientras se desarrollaban las obras de construcción de la que iba a ser la primera central hidroeléctrica de Catalunya.

El capitán, cuya relación con el Pallars no va más allá de la residencia por motivos laborales de su familia en sus primeros meses de vida, fue condenado a tres años de prisión por el consejo de guerra y el Supremo le dobló la pena por auxilio a la rebelión militar hasta los seis, aunque el Gobierno de Felipe González le concedió el indulto en 1984. Fue el primer golpista beneficiado por esa medida de gracia.

Amigo personal del teniente coronel Tejero desde que coincidieron en Gipuzkoa, alguno de los papeles del golpe desclasificados por el Gobierno indican que actuó como valedor de este ante otros mandos militares.

La sentencia del 23-F reseña cómo el oficial, adscrito a la UOME (Unidad Operativa de Misiones Especiales), participó en la organización del convoy de autocares con el que los golpistas se dirigieron al Congreso.

“Teníamos la sensación de que no íbamos a salir vivos de allí”

La escena tenía un punto surrealista, pero también explicación. A Manuel de Sàrraga y a Josep Pau, dos de los cinco leridanos que el 23-F fueron secuestrados en el Congreso por los guardias civiles sublevados, les llamó la atención al abandonar el edificio lo serio que estaba el general Alfonso Armada, a quien saludaron por conocerlo de su reciente etapa como gobernador militar de Lleida. Estaba en la entrada con otros dos generales, José Luis Aramburu Topete, jefe del dispositivo desplegado para liquidar la intentona golpista, y José Sáenz de Santamaría, director de la Policía Nacional. 

Los dos últimos estaban deteniendo al primero por su implicación en la asonada. Quizás, casi seguro, esa circunstancia explica la frialdad con la que respondió a los saludos de Pau y Sàrraga, que llevaban, junto con Maria Rúbies, Jaume Barnola, Landelino Lavilla y el resto de diputados, retenidos a mano armada desde las seis y media de la tarde anterior, y sin más contacto con el exterior que lo que les iba llegando desde el transistor de Fernando Abril Martorell. “La sensación era de que de allí no salíamos, y temíamos que iba a durar poco”, recuerda Sàrraga. 

“Cada vez que mirabas veías un cañón apuntándote, a ti o al de al lado, y nadie sabía qué quería decir Tejero con aquello de ‘si se apaga la luz, prended fuego”, anota. “Cuando vimos entrar a Tejero, al que conocíamos por las fotos de prensa de la operación Galaxia, nos acojonamos”, evoca Pau. Sin embargo, añade, al final la asonada “se materializó en algo que fue una astracanada y que tenía detrás la operación de Armada para presidir el Gobierno”, añade. Ambos siguen agradeciendo a Rúbies que llamara a sus familias para decirles que estaban bien cuando los sublevados liberaron a las diputadas a primera hora del 24-F.

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